Aprendimos a esperar y amar los paraderos.
A leer libros y comprar el pan. Aprendimos a domesticar la soledad hasta volverla sumisa y modesta. También aprendímos a ser como los elefantes que nunca olvidan. Y aprendimos a usar computadoras. Pero fuimos realmente humanos cuando aprendimos a amar la música, a sostenerla y agitarla en el aire, hasta volvernos todos personas felices.
