Sus lentes causan risa, pero si se los quita le quedan los ojos desnudos y dan ganas de llorar. Lo que incomoda no son sus ojos, es su gesto. A su sonrisa triste me remito. Y es por el terrible dolor de espalda que le produce la compañía. Tamaña rareza, la de sus medias blancas, carmesí pintado y uñas con la manicure mal hecha. Qué díficil la compañia, la de Clo. Y claro que ha pensado en cambiarla por la soledad, ya se siente bastante resentida la última vertebra de su columna dorsal, tener que cargar con tanta gente a cualquiera le produce malestar, se queja.
Saca de su maletin de color de pan tostado: hojas, cintas, cartas, chucherías, que remilgadas en el maletín no veían la luz hace mucho, las saca, las pone en la mesa, las mira, y se queja. Las hecha todas a una bolsa y se deshace de todas ellas. Ya, ya no queda nada. Haber, ya?, prueba su espalada, no, no ha funcionado, todavia le duele. Qué compleja la compañía de Clo, no se va. No sabe cómo se hace para renunciar a ella.
Fotografía: Moyra Peralta