Si fuéramos niños
serias el niño con el que me gustaría jugar en el recreo
mientras los demás niños comen plastilina
y uno de ellos llora escondido en la esquina del jardín,
miraríamos el cielo y soñaríamos que un avión volando
es una pelusa desprendida del sol,
rayaríamos las mesas con carayolas rojas
y huiríamos de las matemáticas
mirando por la ventana pájaros acróbatas
y millares y millares de hormigas que son bastantes
cruzando en fila por el marco de la pizarra,
en la clase de geografía volvería a soñar
que es el sol el que gira al rededor de la luna
y que la tierra siempre es un modesto espectador
entonces todas las explicaciones del día, noche y el tiempo
no serían más que cátedras equivocadas
de la geografía y la ciencia,
y las horas se volverían infinitamente infinitas
y nuestra pequeña versión del tiempo
en que nos ha tocado coincidir, también.
el amor sería ingenuo y sencillo
como un niño que ni la muerte asusta
porque leyó alguna vez
que hasta el amor como las aves va a morir al cielo.
Y jugaríamos con los botones extra que traen las camisas nuevas
con tu bicicleta y con unos patines,
con tanta fe que en pequeñas semillas veríamos ya un bosque
jugaríamos a que el mar es una isla rodeada de tierra por todas partes,
viviríamos cada día sintiendo las cosquillas que sienten los astronautas al pisar por primera vez la luna,
y podría decirte cientocuarentaytres veces que te quiero
con el valor temerario de un niño de siete años.
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