Diecinueve años recién cumplidos. Ese día lleva un cuaderno en las manos y un lapicero de tinta negra. Cada hoja del cuaderno está en blanco. Ella no se atrevió ni siquiera a llenar sus datos personales en las primeras hojas. Sabe que muchas cosas ahí serán escritas. Camina apurada por la vereda, una esquina, otra esquina,el autobús, su asiento al lado de la ventana, un alumno, una alumna, un ciego-el vigilante-,el restaurante universitario, el auditorio general, la facultad blanca, y casi por ultimo la vereda angosta. Mira su reloj y lleva de retraso veinte minutos. Se apresura. Su amiga la espera. Entra al laboratorio y ve unos ojos, una boca, una sonrisa, escucha una voz, horas mas tarde una risa. Y ve una pulsera que tiene grabadas letras ilegibles- no alcanza a leer- no puede, pero tampoco pregunta. Calla. Calla. Calla. Milochocientosveintitres días después, su cuaderno tiene algunas líneas mal trazadas, camina apurada, tiene que dormir; no hay vereda angosta, ya no hay vigilante ciego, no hay alumnos, no hay alumnas, no entra a ningún laboratorio, pero descubre con frecuencia los mismos ojos, las misma boca, escucha la misma voz y minutos después la misma risa que le escuece hasta el alma, porque la risa se escucha pero no se escucha. El lapicero no tiene tinta. Las agujas del reloj se mueven de forma extraña, caminan pero no avanzan.
3 comentarios:
>El vigilante ciego.
>Esto fue cuándo??? la universidad??? creo que sí jejeje
>"Milochocientosveintitres días" y dicho así parecen casi nada.
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